El rojo de los almacenes se confundía con la sonrisa en su rostro, los imagine tan fuertes, que ningún pensamiento de odio que asecharon mi mente, por envidia claro, en esos momentos, permitieron que esa amable expresión se alejara de su cara, allí estaba sentado, sólo observando cómo sus corazones se enredaban más, cómo sus besos marcaban historias diferentes, y como esa felicidad contrastaba con el olor a palomitas, peluches nuevos chocolate, pero sobretodo, apestaba a dinero, aquella solución a todos los problemas de todo el año, pero esta vez no puedes usarlo, esta vez, el dinero no puede comprar caricias sinceras, aquellas que se resbalan por tu mejilla con tanta ternura que desearías regresar de la muerte sólo por vivir ese hermoso momento.
A emoción de cada corazón, de un momento a otro me dio ánimos para levantarme, dirigirme a uno de sus atestados balcones que poseía este gigante de asfalto y de amor, en este momento, y al salir, creo que no importaba mucho la bella vista que teníamos todos, importó más ver con la boca, parpadear con los labios y divisar con un abrazo, esas manifestaciones que sólo dos o más personas que se aman se pueden dar, no solo mi helado estaba frío, mi corazón y mi alma estaban congelados, tal vez trataban de congelarse en aquellos bellos recuerdos que al cerrar los ojos sólo llegan y tratan de calentar mi poca ilusión de sentir aquellas cosas que ellos, los de los balcones podían divisar, mirar su futuro juntos.
Un beso, un te quiero al oído, son cosas que tal vez el dinero no pueda compra, solo en las conciencias limpias claro, peor para todo lo demás si, sé que no se pueden mentir, ingresar a una dulcería a un sitio cursi de regalitos pendejos y cursis, entendí que de lo material, muchas veces depende el cariño que consigas, pero, si esto pasa, tendré la certeza, que es el paso que tienes que dar para llegar a la ansiada y escurridiza meta del ser humano, ser querido, finalmente, ya muy cansado de tanta ridícula chupalina y estresantes chillidos que como bebes pegan las mujeres cuando el hombre les da algo, salí por la puerta grande del edificio del amor, del amor al dinero, prefiriendo darle por ahora la espalda, y escapando de algo que talvez días después será inevitable, amar.
César Camilo Brausin Valles
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